Qatar y el dilema del yonki del fútbol

Qatar y el dilema del yonki del fútbol

No quiero ser hipócrita. Veré el Mundial de Qatar. Me gusta demasiado el fútbol y tengo poca fuerza de voluntad para perderme un evento que cada cuatro años disfruto como el niño pequeño que se contró por televisión con su primera Copa del Mundo en Italia. Lo veré con sensación de culpa, eso sí. A estas alturas no hay que explicar por qué. Todo el mundo sabe ya que el fútbol está tan podrido como el país que albergará su fiesta mayor. Rendido ante la falta de voluntad y entregado a esa afición por la pelota que hará ver todos los partidos que pueda, no me queda otra que buscarme la vida para disminuir niveles de remorsdimiento. Intentaré que nadie, en ese negocio podrido, sea capaz de seguir el rastro del dinero uniendo con una flexita el ataque a los derechos humanos que se cometen en esa zona del mundo con el sofá de mi casa. Ya estoy en ello. Comenzó por lo más básico. La fuente de la que bebe la aficion a ese negocio podrido es la tele. Cuando era pequeño el mundial era un evento abierto que se transmitirá en la TV pública. Más adelante cayó en manos de las televisiones privadas. Primero las que lo daban en abierto y, más adelante, las que lo daban previo pago. Yo, por supuesto, cagándome en el negocio, pague religiosamente por ver esos mundiales anteriores. Este año decidió que no pagaré. No al menos por la vía oficial. Un amigo ha pasado el contacto de un tipo al que llamaremos Patapalo. Patapalo es pirata y me asegura por WhatsApp que, previo pago por Bizum, me mandará unos enlaces con los que tendre que instalar no sé qué programa pirata en la tele y me colaré en el mundial de la vergüenza por la puerta de atrás, con gorra y brechas de tierra. Es decir, sin pasar por la caja oficial. Piratear a los grandes piratas es lo menos que se puede hacer. Mi dinero no irá a las televisiones que forman parte de este asqueroso negocio del que soy rehén por amor a la pelota, sino a Patapalo, al que, a juzgar por los audios en plan tutorial que me mandó la otra noche, le gusta el alcohol . Sustancia prohibida en el país del fascismo jeque, lo cual me pareció una bonita de confirmar que había optado por la vía correcta.

En un mundo cuya decadencia alimentamos a quienes lo habitamos aun siendo conscientes de ello, no existirán vías señalizadas para escapar de la culpa. Tómese usted a Coca-Cola, claro que sí, elimine un euro más a la empresa más contaminante del planeta. Pero antes gastese otro euro en mandar has sede una amenazante map escrita con recortes de periodico. Vístase de Zara si no le queda más remedio dada su economía, pero antes pásese por una tienda y haga una buena pintada en el escaparate recordando que Amancio explota niños en Asia. Es fácil decirlo, pero no tanto hacerlo. Además de tener poca fuerza de voluntad, muchos somos cobardes, no nos apetece metros en líos. Deberían existir oenegés a la inversa. Es decir, organizaciones que no usan el dinero de quienes las finanzas para buenas acciones con quienes más lo necesitan, sino para joder a quienes provocan el desastre. Si paga usted 50 euros al año, se lanzará un cóctel molotov contra el palacio del Emir de Qatar por su parte. Toma cien y hazmelo XL. Si paga usted la tarifa de Zara, tendremos para un bote de pintura. ¿Quiere tomarse una puñetera Coca-Cola a gusto? Hágase socio y contribuirá a que llenemos de dióxido de carbono mediante unos tubos subterráneos las mansiones de los ejecutivos de tan popular empresa. Por soñar que no quede. Tápense la nariz, que rueda el balón.

No quiero ser hipócrita. Veré el Mundial de Qatar. Me gusta demasiado el fútbol y tengo poca fuerza de voluntad para perderme un evento que cada cuatro años disfruto como el niño pequeño que se contró por televisión con su primera Copa del Mundo en Italia. Lo veré con sensación de culpa, eso sí. A estas alturas…

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