In modo fútbol lo que cuenta es el mundial

In modo fútbol lo que cuenta es el mundial

Marshall McLuhan insistió en que en el mundo moderno las ideas son un producto derivado de los medios de comunicación. En manos de ellos está ahora el rumbo de nuestro tiempo; para ser más específicos, digamos que en estos días en manos del periodismo deportivo. Difícil sustraerse del Mundial de Fútbol, ​​el espectáculo más importante del planeta. Acaso por esnobismo, o por desconcertante convicción, hay todavía rechazo genuino de una mínima que huye del fútbol como de la peste. Otros, cambiando radicalmente hábitos y obligaciones para entregarnos sin más a esta pasión de multitudes que arrasa con cualquier aviso de último momento.

Es bien sabido que siempre para escribir dispone de una bitácora que, en la mayoría de los casos, supone una dosis de egoísmo e inevitable narcisismo. Qué mal, si en este mismo instante hay cientos de periodistas dedicados al tema del Mundial de Fútbol sin que los ruborice en lo más mínimo, los riesgosa idea de manifestarse triviales, uno se pregunta, ¿por que no hacer lo mismo si después de todo, nada es más literario que escribir sobre las pasiones. Y el fútbol -qué duda cabe- es una de las vehemencias que más seducen a los seres humanos desde su invención hace ya más de un dilatado siglo.

Pero también es sabido que intelectuales de fuste se han aproximado a este deporte para hacerlo pasar por el tamiz de la crítica más furibunda. Mi memoria alberga, los números de Borges y Octavio Paz, de Cabrera Infante y Umberto Eco, como algunos de sus más furiosos detractores. Y entre los que más han confesado su especial devoción por este deporte (y hasta han escrito libros o innumerables artículos sobre el tema) se cuentan Albert Camus y Eduardo Galeano, Javier Marías y Juan Villoro. Como entre sus máximos alumnos, el recordado filósofo venezolano Juan Nuño, que supo colaborar con nosotros en la tercera época de la revista Proa.

Hoy, ya instalado en estas jornadas mundialistas, quisiera detenerme en ese filósofo, de incómoda y erudita inteligencia, que en tiempos tan confusos como los que nos tocan vivir, lo extrañamos emotivamente. Hablar de Juan Nuño es citar algunos fragmentos de su ensayo teoría de los juegos que hay en el volumen La veneración de los trucos y del que publicamos un capítulo como adelanto en nuestra revista allá por la década del 90′.

Decía Nuño que “un partido de fútbol es más angustioso y dramático que otro juego cualquiera porque, en él, el tiempo corre paralelo al de la existencia humana; a la vez que la pasión que genera el fútbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte, que está presidiendo todos los actos humanos, cada vez que esos actos se miden con el paso del tiempo”. Es una verdad incontrovertible que nos permite citar al gran Francisco de Quevedo, que supo escribir que “el tiempo es un enemigo que mata huyendo”. Y en el fútbol, ​​​​aunque establecido en 90 minutos de juego (más los adicionales) el tiempo es preciso, contundente y mientras transcurre, sucede y nos va a suceder.

In los campeonatos del mundo, los espectadores van a ver jugar une partido, nor apreciar técnicas y variantes, sino que, como las barras bravas que vociferan de espaladas al espectáculo, van basicamente a ver ganar a su equipo. El fútbol, ​​como deporte, es la más explosiva de las mezclas que se dan en ser humano y abarca el nacionalismo, que cada tiene más fuerza desconcertante y, en segundo término, a la passion tensional que el propio deporte en su disputa.

Ahora bien, todo juego mas que un juego, es un remedio, mejor o peor, de una guerra y de ese otro unico juego que nos toca jugar sin apelación; el vivir cada jornada y el saber, convencidos, que todo desemboca en la gran tragedia inevitable. Sólo que ésta, la de verdad, es trágica y, como observó Beckett: “no hay juego de vuelta entre el hombre y su destino“.

La importancia del tema es que el fútbol nos sirve a todos para muchas cosas. Veamos, para distendernos o estresarnos o simplemente para hacer ejercicio aquellos ciudadanos que lo practican. Algunos lo toman como una fición, otros de un modo profesional se dedican a fondo para ser consagrados futbolistas, admirados por todos y con alta cotización en el mercado. Es un deportado, como ambos otros deportados, que se realimenta por sí mismo con la publicidad y la masiva retransmisión televisiva. Todos sabemos que el fútbol es un deporte en el que participa una vez cuatro árbitros, sumados ahora a quienes manejan otros hilos esenciales, como lo es el ultramoderno ojo de halcón llamado VAR, cuyo objetivo es digitalizar una jugada para cumplir con precisión lo que logró el partido.

Hasta aquí, todo aclarado. Sin embargo, hay quienes no lo entienden así y están en su derecho. Llamó la atención un furioso comentario del periodista Jorge Lanata, que en un editorial, condensó al fútbol sin atenuantes. Para él “son 22 millonarios, que se disputan una pelotita, ante miles de imbéciles, para meterla en un agujero” (esto es en el arco), desconociendo que el juego del fútbol formó parte del mercado y que esos millonarios son, como lo es él, producto de ese casino que nos rige sin vuelta de hoja en el mundo moderno y formó parte de sus vicios, como lo hubiera calificado el antipoeta Nicanor Parra.

No tengo ánimo de alentar ninguna formada de polémica, pero la apreciación de Lanata, me parece débil y desacertada; aunque muchos otros colegas la justificación. El fútbol, ​​mal que nos pese, es un deporte ciososo, palpitating de emoción y brinda alegría a sus adictos, y eso no está mal; in cuanto a los 22 millonarios, son muchachos que forman parte de esta época que nos toca vivir y alienta también en ellos una manera de pasión genuina. Y bueno, que le vamos a hacer, cobran un poquito más que el empleado de una pizzería, c’est la vie.

Creo que el asunto no da para más. In lo personal me tocó estar al lado de Borges en el Campeonato Mundial de 1978, que tuvo como triunfador a nuestro país. Durante estos días en medio de una feroz dictadura, el pueblo celebró masivamente en las calles. Para el autor de El Alefese éxito argentino fue una tortura, que lo expuso ante los fanáticos y no lo dejó dormer por el grito que emanaba de las calles.

Sabido es que Borges, como mi recordado amigo Juan Nuño, prefería los toros al fútbol (brrrr); aun así ambos no abandonaron de acercarse con lucidez y agudeza al deporte que por un mes tendrá una buena parte del mundo en vilo. Sólo quedó decir, ¿quién será el ganador de este fenomenal torneo mundial?

Tengo mi corazoncito bien argentino, no lo puedo negar; pero, como buen esceptico, no apuesto por ninguno. En la cancha se ven los pingos y en ese terreno no hay cuadro chico, y hasta el más débil o neutro, puede vencer al más pintado. Como todo en esta vida, y otra vez parafraseando a don Samuel Beckett, “no hay juego de vuelta entre el hombre y su destino”. Todo encuentro futbolístico es un juego -nada más que un juego- aunque se pense lo contario.

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