Fútbol es fútbol, ​​por Llucia Ramis

Fútbol es fútbol, ​​por Llucia Ramis

Nunca alcanzó a ver la segunda parte de los partidos cuando televisaban el Mallorca porque se ponía muy rojo y sus hijos temían que le diera un infarto. Así que se iba a la salita para escucharlo en un transistor y, si la cosa se ponía emocionante, de pie en la cocina, mientras los demás seguíamos frente a la tele y yo me quedé dormida en el sofá. Así recuerdo al abuelo. También recuerdo los pitidos que avisaban de un gol en el carrusel deportivo como los creditos finales del fin de semana, a la hora de la cena. Y recuerdo a una vecina más o menos de mi edad con la que me obligaban a jugar cuando íbamos a Madrid. Estaba convencida de que se casaría con Butragueño, y quería que paseáramos al perro por los alrededores del Santiago Bernabeu, a ver si nos lo encontrábamos.

Al empezar el instituto, aún en Palma, conocí a Tania. Estaba enamorada de Koeman, de Stoichkov –y de sus piernas–, y miraba vestidos de novia en una revista para cuando se casara con Guardiola. El 21 de mayo de 1992, y pese al calor, llegó a una clase con una bufanda del Barça, eufórica y feliz. Aquel era el día más importante de su vida. Creo que fue el profesor de literatura el que dijo que no usó ni idea del desierto por el que habían pasado los culés.

Nunca hasta hoy me había molestado; quiz porque no representaba lo que representa

Ya en la universidad, en Barcelona, ​​​​compartí piso con un amigo que no se perdía ni un partido de la liga española, ni de la italiana, la inglesa o la argentina, y me ponía al día de todo. Vi el Argentina-Inglaterra del Mundial del 2002 en Londres, con la hija de la traductora de García Márquez y el porteño que no había vendido el vino. Vi algún partido del Mundial que ganó España en la que había sido mi casa y que en aquel momento era la casa de mi ex. Había más gente y una chica que quería liarse con mi ex en la que había sido nuestra casa.

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EFE

La hermana de mi cuñada es la preparadora física del Barça femenino, y Mariona Caldentey da nom al campo municipal donde mi abuelo hacía de entrenador cuando era joven (dicen que luego iba corriendo hasta Portocolom). El fútbol siempre ha estado ahí, como un elemento más apasionante para los demás ambientales que para mí. Nunca hasta hoy me había molestado. Quizá no me pareció tan invasivo, o no representaba lo que representa. Eso que el mundo entero le perdona porque fútbol es fútbol.

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