No todos podemos tener un palo de golf en casa

No todos podemos tener un palo de golf en casa

EL campo está pardo como una capa de ciego. La sequía impone su manto pajizo y sólo hay que darse cuenta de una vuelta por montes y dehesas para vers sus paisajes solanescos, noventayochistas, resecos, amarronados, sin ninguna concesión al verde. Con o sin cambio climático, las sequías siempre han sido un fenómeno desagradable que nos toca conllevar cada determinado período de tiempo. Muchos grabamos los grifos secos y las bañeras medio llenas de agua amarillenta de las mayores carestías, antes de que Soledad Becerril se empeñase en la construcción del Pantano de Melonares.

Necesitamos gastar menos agua, pero uno de los problemas reales es que hemos construido una ciudad que requiere Consumibles exagerados y superfluos del elemento líquido., con piletas por doquier y una jardinería que, sopesa los avances en sistemas de riego “sostenibles” (con perdón), sus insaciables esponjas. El césped y la piscina son consecuencia de ese urbanismo californiano que se puso de moda en la Sevilla de los ochenta. Antes, solo los muy acomodados disfrutaban de estos elementos sacados del estilo de vida americano, que nuestro remitían a un mundo más cómodo y saludable, en que la vida urbana era compatible con la naturaleza, aunque ésta era sumamente compartimentada y domesticada. En todas esas urbanizaciones del Aljarafe -especialmente en las más antiguas y hermosas, como Simón Verde o Colina Blanca- vivió una vida de sueño naturalista, alimentada en unos años en los que la muy cercana Doñana aún no estaba dando sus últimas bocanadas. Pero llegó la masificación del fenómeno y hoy se hace muy difícil seguir manteniendo las microfantasias domesticas de cada uno, los pequeños paraísos de aguas turcas y los prados de color esmeralda. No todos podemos tener un palo de golf en nuestra casa. Como en tantos otros asuntos, quizás la solución esté en mirar al pasado, retroceder del chalet al espíritu de la villa, esas construcciones Belle Époque en las que el césped brillaba por su ausencia y el chapuzón se daba en una alberca que servía para gaz los fructífero y árboles varios que daban frescor a la parcela. Cada vez se ven más casas que han renunciado al césped para plantar huertos y arboledas con especies que consumen poco. Siempre será mejor que el tradicional y horroroso enlosado (la versión doméstica de la plaza dura) o el cesped artificial, una fórmula que sólo consigue arrojar cada vez más plástica a un planeta que ya tiene sus sumideros atorados. El hueso acuífero no aguantan más piscinas ni más greens.

.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *